Hablamos con Mariano Di Césare sobre los 10 años de La danza de los principiantes, disco que marcó un antes y un después en la larga carrera de la banda mendocina y en la escena independiente argentina.
Durante nuestros primeros meses de vida, atravesamos un proceso de aprendizaje de aspectos elementales como el habla o el movimiento. En ese período podemos hacer cosas que después se nos olvidan: ruidos sin palabras, gestos torpes que el tiempo va puliendo, balbuceos, movimientos sueltos y otros impulsos que con el tiempo vamos perfeccionando.
La danza de los principiantes, el icónico disco publicado en 2015 por Mi Amigo Invencible, parece encapsular algo de ese momento primario. Ya desde el título, la banda mendocina parecía apuntar a algo de esa expresión única, irrepetible, inicial. No es casual: esas palabras son también las que usa Mariano Di Césare, cantante, guitarrista y compositor de la banda en vísperas del décimo aniversario del disco.
Hoy considerado un disco esencial de la escena independiente argentina, la gran recepción de La danza de los principiantes en su momento sirvió para acercar a la banda a nuevos públicos y marcó el comienzo de un crecimiento constante que sigue hasta hoy.
Con una carrera que los llevó por todo tipo de escenarios —desde la escena hardcore punk mendocina de fines de los 90 hasta sus más recientes giras por Europa y Estados Unidos—, Mi Amigo Invencible está por publicar su décimo disco, pero antes decidieron festejar el hito que fue La danza de los principiantes con una gira que los llevará por Mar del Plata, San Luis, San Juan, Córdoba, Mendoza, La Plata y Montevideo.
En la previa al inicio de esta serie de shows que comenzará con dos shows en Deseo el 8 y 9 de agosto, Mariano habló con Indie Hoy sobre la importancia del álbum y de los años posteriores.
¿Qué recordás de la primera época de la banda ya instalada en Buenos Aires? ¿Cómo era ese circuito más under hace 10 años?
Era súper enriquecedora la escena en esos días porque era algo que estaba naciendo. Después de El Mató empezamos a conocernos entre otras bandas, como Valentín y Los Volcanes, Viva Elástico, Los Reyes del Falsete, Un Planeta… empezamos a curtir un montón con ellos. Nuestro vínculo entre Mendoza y Buenos Aires fue La Plata. Empezó a pasar que nos encontrábamos con una nueva poesía. La música quizás no era tan novedosa, pero sí más desestructurada, menos genérica, más suelta, más naif. Yo estaba encantado, saber que cualquiera podía hacer una canción me volvía loco, me cambió el paradigma. Era más importante hacer una linda canción que cualquier otra cosa y así me enamoré de un montón de gente que hacía canciones con cierta precariedad. El virtuosismo se murió para siempre y entramos en otra. Para mí era enorme todo lo que estaba pasando, era formador e inspirador.
Y en Mendoza, antes de que se vayan, ¿qué estaba pasando?
Era bastante pequeño el corpus de banda que veías tocar. Siempre hubo bandas tocando en Mendoza, pero eran pocas las que tenían esta forma de ver la música que era más experimental, se diferenciaba bastante del indie rioplatense. Estaba Lavanda Fulton, que tiene una trilogía de discos increíble, un dúo que se llamaba Limón, los Usted Señálemelo ya estaban ahí aunque eran bastante chicos y tenían una búsqueda sonora distinta… y seguramente se me está pasando alguna, pero no éramos muchos más. Ahora tampoco es que hay muchas más. Hay bandas nuevas dando vueltas, pero no son muchas. Mendoza nunca tuvo una escena grande, no hay una estructura que sostenga a una escena.
¿Cuál era el contexto personal alrededor de las canciones de La danza de los principiantes? ¿Qué estaban viviendo?
La mayoría estábamos trabajando en relación de dependencia, salvo yo que era independiente y trabajaba freelance filmando videoclips y eventos con la cámara. Pero éramos unos trabajadores de pequeñas empresas que teníamos que tocar y volver el lunes a trabajar de otra cosa. Siempre fuimos pibes de recitales, yendo o participando en recitales. Desde los 13 años que nos conocemos con Arturo Martín [baterista de Mi Amigo Invencible] y nuestro contexto siempre estuvo orbitando en la escena musical, ya sea de hardcore, punk o indie. Ese era nuestro universo: el recital. Y lo miro con el tiempo y agradezco muchísimo que me haya tocado esa suerte. Nunca hice otra cosa que no fuera música. En La danza, dos de nosotros fuimos padres, entonces ahí sí hubo un quiebre en el contexto y se fue para otro lugar de responsabilidades por fuera de la banda. Nos focalizamos en hacer movimientos más precisos. Me acuerdo que nunca habíamos tenido una gira tan grande hasta que fuimos padres, porque había que resumir todo y salir a girar tres semanas seguidas para volver a casa. La paternidad nos focalizó e hizo que la banda empiece a ser algo más serio. El hecho de ser padres, sumado a no querer dejar la música por nada en el mundo, nos hizo meter quinta a full y que la banda empiece a tener un ritmo más profesional. Si no hubiéramos sido padres creo que aún lo seguiríamos pensando de una manera más despreocupada.
¿Cómo fue ese período posterior a la salida de La danza?
De mucha acción, aventura y salvajismo total. Creo que eso también aportó al desgaste. Fuimos padres y con eso empezó una nueva vida que no pudimos entender bien al comienzo y seguíamos con un ritmo adolescente de alcohol, gira y pocas horas de sueño, entonces se volvió bastante salvaje, aunque sin perder el hilo. No estábamos perdidos. Sabíamos que esto que nos estaba sucediendo era importante y trabajábamos con mucho respeto día a día en seguir construyendo y hacer crecer a la banda. Pero no ha sido muy distinto a como empezamos en el 99 o 2000, lo único que ha cambiado fue el escenario, el contexto, el país… nosotros siempre estuvimos en la misma: salir a tocar, encontrarnos en los shows, nada más. No queremos más nada tampoco.
Hay una especie de quiebre temático entre La danza de los principiantes y Dutsiland (2019), un pasaje que abandona la ficción hacia algo que pareciera ser un poco más cotidiano o mundano…
Dutsiland fue el disco más fiel a nuestras vidas cotidianas. Ese ocaso posterior a La danza, que casi nos lleva a la separación, se resolvió teniendo una sala propia. Eso nos hizo dar cuenta de que podíamos hacer una música acorde a nuestro tiempo y espacio. En cambio, en La danza, como no disponíamos de nuestros propios tiempos y espacios para hacer música, lo único que nos quedaba era construir espacios imaginarios. Por eso la ciencia ficción juega un papel bastante importante ahí. Cuando conseguimos nuestra sala propia, que aún hoy mantenemos y atesoramos muchísimo, la música que empezó a salir de ahí era la que nos salía por tener tiempo a nuestro favor y bajo nuestro control. Llegábamos a las 19, empezábamos a tocar a las 22 y nos íbamos a las 3, por ejemplo. Eso se vio representado y traducido en nuestra música y en las letras también. Se escribieron de la misma manera que las anteriores, siempre a dueto con Mariano Castro, así fue hasta Dutsiland inclusive. Recuerdo sentir hacia el final de La danza que las letras no me representaban y eso me tenía bastante preocupado, porque yo siempre quise hablar de la verdad y nada más alejado de la verdad que la ciencia ficción. Bueno… hoy en día no, más bien todo lo contrario. Pero en ese momento, la verdad y la ciencia ficción estaban más alejadas. Después nos fuimos dando cuenta de que vivimos en un mundo bastante ficticio, pero en ese momento no teníamos esa sensación. Entonces pensaba que las letras no hablaban de mí y eso me preocupaba muchísimo, y de repente, salió el disco y a los pocos meses me sucedió todo lo que dije en el disco, salvo lo de tirarme de un auto en movimiento. Todo lo que cantamos ahí empezó a suceder y a partir de ahí apareció un condicionamiento que era como “la puta madre, ahora no voy a poder decir tal cosa porque me va a pasar”, como algo premonitorio. Desde ese momento tengo que fijarme bien qué es lo que estoy diciendo por temor a que sea una premonición. Y me jode muchísimo.
A lo largo de distintas entrevistas suyas en distintos puntos de su carrera aparece mucho la idea de la muerte del proyecto, ¿por qué se hace tan presente?
Es natural que, con tantos años en una banda tan duradera, el tiempo se te ponga en contra y quiera destruirlo todo. Sobre todo hoy en día, que es eso lo que el tiempo quiere hacer. Se ha redimensionado y potenciado el tiempo hacia los períodos cortos y nosotros hemos crecido a la par de ese movimiento temporal y resistiendo contra eso. Pero naturalmente ha surgido la necesidad de terminar con el proyecto, por una cuestión de desgaste y de muchísimo esfuerzo que a veces sentimos que no nos llena o no nos llenaba del todo en esos momentos. Tuvimos que empezar a inventar maneras de sobrevivir y nos dimos cuenta que era grabando discos. El ocaso más grande, que habrá durado 3 o 4 meses pensando que no tocábamos más, fue entre La danza de los principiantes y Dutsiland, porque La danza trajo un nivel de exigencia que no nos esperábamos en relación a las giras. Tocábamos tanto que no nos daba tiempo para hacer música nueva. Y me voy dando cuenta que cada vez que empieza a pasar el tiempo y no tenemos música nueva, surge esa sensación de que la banda está por morir. Nos pasó después de Isla de oro, que tuvimos que ir a grabar Arco y flecha sí o sí para sobrevivir. Y nos pasó justamente después de La danza, que tocábamos tanto el repertorio del show ensayando 2 horas en salas alquiladas, que no teníamos tiempo ni para sacarnos la mochila. Abríamos una birra y se terminó el ensayo. Eso fue un desgaste terrible porque no podíamos tener una instancia creativa o de recreación como para ponernos a componer cosas nuevas. Después de La danza tocamos un montón, teníamos fechas, fechas y fechas, y nos limó. Nos quemamos muy rápido. Creo que el ocaso viene cuando quemás etapas muy rápido. Ahora ya nos curtimos. Hace tiempo no tenemos esa sensación porque ya por experiencia sabemos que lo que nos hace falta es grabar un disco nuevo. Ahora estamos en vistas del disco número 10, que es súper importante, y lo estamos tomando con una calma hermosa. Pero siempre está ahí latente la posibilidad de terminar con esto y es, a la vez, lo que nos hace sentir más vivos.
Hay un salto de calibre con la salida de Dutsiland, porque además de contar con un nuevo productor, Luke Temple, también editan con un sello más grande, Devil in the Woods. ¿Qué contraste encontraron con la época anterior?
Ya de por sí la banda cambió desde que se fueron algunos miembros de la banda que participaron en la grabación de Dutsiland. Yo dejé de escribir con Mariano Castro después del disco, entonces, naturalmente, la banda empezó a armar otro universo estético y a darse un cambio. Pero creo que simplemente fueron nuevas búsquedas. Nos dimos cuenta que no podíamos encarar discos nuevos sin experimentar con cosas nuevas. Si te fijás, Arco y flecha y La danza son dos discos totalmente distintos. La danza tiene un grado de complejidad enorme, un concepto mucho más sólido en relación a las letras y armonías, y el otro va al hueso, es la máxima síntesis que hemos experimentado en la carrera de Mi Amigo Invencible. Siempre fuimos en esa búsqueda, recién en Arco y flecha se dio, pero siempre estuvimos buscando ese poder de síntesis de llegar a lo simple, directo, depurado. Los años nos fueron cambiando. En La danza teníamos 30 y en Arco y flecha casi 40. Naturalmente vamos escuchando el cambio y el deseo de querer sobrevivir con esta banda, que lo encontramos con la creación de mundos nuevos. Y La danza es un mundo imposible de repetir, tanto como Dutsiland o Isla de oro. Los discos son planetas, son de naturaleza muy distinta. Lo único que los une es que somos nosotros quienes lo hacemos. Creo que también por eso sentimos que nunca pudimos darle a la gente —o a nosotros mismos— lo mismo que le dio uno de los discos. Eso nos resulta naturalmente imposible, entonces el cambio es lógico. De la búsqueda y la experimentación salen cosas nuevas, sino sería un poco aburrido. Me gusta lo que elegimos: ir experimentando con cosas nuevas. No sé si hay mucha explicación acerca de por qué Isla de oro es más luminoso que La danza. Me hubiera encantado tener una banda como los Ramones, que jugaron siempre con el mismo juguete, evolucionando y desarrollándose, pero siempre estuvieron dentro de la misma línea estética. Eso me parece admirable e imposible. En cambio, lo que nos sale es ir experimentando con cosas nuevas. Y lo escucho bastante en nuestras letras.
A 10 años de la salida del disco, ¿qué les queda de ese lanzamiento en retrospectiva?
Es un disco que tocamos muy poco por su complejidad y por sentir que no estábamos a la altura de tocarlo, por eso fuimos a buscar discos nuevos. En estos días de volver a ensayarlo y tocarlo, lo siento como algo muy gratificante y me genera mucha gratitud, me llena de orgullo haber sido parte de la creación de ese disco que, para mí, es una obra maestra, es redondísimo, perfecto e irrepetible. Y por eso también no me jode no haberlo vuelto a hacer porque hay muchísimo tiempo para experimentar.
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